Ayer tomé el metro para ir a una entrevista en Lavapiés.
Salí de casa temprano, pero el autobús tardó más de lo normal.
Cuando por fin llegó, subí con la tarjeta de transporte en la mano.
El conductor saludó y todos pasamos al fondo.
Bajé en la estación de Sol y seguí los letreros para hacer transbordo.
Había mucha gente y el tren iba lleno, pero entré por poco.
Una señora me dijo con calma: “Bájate en Lavapiés; son dos paradas.”
Miramos el mapa juntos y conté las estaciones.
En la siguiente parada, una guitarra sonó y el vagón se puso alegre.
Llegué a Lavapiés a tiempo, respiré hondo y salí con una sonrisa.
Pensé: con el transporte público, el viaje también cuenta.