Lucía juró que este fin de semana sí estudiaría en serio para el examen de historia, así que apagó las notificaciones y puso el móvil boca abajo.
En la biblioteca del barrio, donde siempre huele a polvo y a café recalentado, extendió los apuntes como si fueran un mapa que prometía una salida.
Aunque al principio la tentaba ordenar los marcadores por colores, se obligó a empezar por lo más difícil, no fuera a ser que el sueño la venciera.
Mientras copiaba un esquema con fechas imposibles, recibió una nota de voz de su abuela: “hija, al mal tiempo, buena cara”, y la hizo sonreír.
Para no procrastinar, pactó con Diego, su compañero, que a cada hora se llamarían para hacerse preguntas, y así rendir cuentas sin excusas.
El primer repaso fue un desastre, porque confundía virreinatos con repúblicas, pero al explicarlo en voz alta encontró huecos que ni sabía que tenía.
La lluvia golpeaba los ventanales y, como si el mundo se encogiera, el silencio del pasillo la ayudó a fijar ideas con mnemotecnias ridículas.
Cuando cerraron la biblioteca, se refugió en un café de la esquina, pidió un cortado y siguió con tarjetas de repaso hasta que el barista, ya cansado, bajó la música.
Le temblaban las manos del cansancio, pero una energía rara la sostuvo: esa que aparece cuando, a pesar del miedo, uno siente que por fin entiende el temario.
Antes de dormir, dejó la mochila lista con el DNI, los bolígrafos y un amuleto que le prestó su hermana, por si las moscas.
Al día siguiente, al ver el examen, no recordaba cada dato, pero sí el hilo de la historia, y se calmó al pensar que había estudiado con cabeza, no a ciegas.