Hoy fue mi primer día en el café de la esquina, el que está frente al mercado.
Cuando abrí la puerta, ya olía a canela y a café recién molido, y sentí que el corazón me latía muy rápido.
Lupita, que lleva años ahí, me guiñó un ojo y dijo que no me preocupara, que nadie nace sabiendo.
Me enseñó la máquina de espresso y cómo espumar la leche, y asentí muy serio, pero la mitad se me fue de la cabeza en cuanto llegó la primera fila larga.
A la primera derramé un cappuccino, y un señor de bigote se rió y dijo: "No pasa nada, joven, hoy ando de buenas".
Luego la caja registradora no quiso funcionar, así que empezamos a apuntar los pedidos en una libreta, como antes.
Mientras la fila crecía, Lupita cantaba los pedidos y yo corría de la barra a las mesas con bandejas llenas de conchas y cafés.
Un grupo de estudiantes pidió chilaquiles para llevar y, como tenían prisa por un examen, les regalé unas servilletas extra y una sonrisa.
Entre nervios y risas, el turno pasó volando, y hasta me aprendí el pedido de la señora del chal azul: un americano sin azúcar y dos panes dulces.
Al cerrar, el jefe nos reunió, me chocó la mano y dijo que voy por buen camino, aunque todavía me falta práctica.
Salí a la calle con la ropa oliendo a café y la certeza de que mañana lo haré mejor.