A las cinco, cuando la colonia aún bosteza, ya estoy de pie y la cafetera italiana resuella como tren cansado.
Me lavo la cara a tientas, no sea que despierten los niños antes de que cierre la vaporera de tamales.
El radio, bajito, desgrana boleros mientras mezclo la masa con calma fingida, por más que el reloj me pise los talones.
No bien enciendo el fuego, la flama titubea; por poco me gana el pánico, pero un fósforo terco entra al quite y la cocina vuelve a latir.
Ya con el primer hervor, me enfundo la chamarra, cargo el triciclo y salgo al fresco de la calle, donde el portero me saluda con un “¿Ya tan temprano, doña?” que me saca una risa.
En la esquina, el puesto abre a medias y me sirven café de olla para llevar, que tomo a sorbitos, como si calentara el ánimo.
Apenas asoma la claridad, me planto junto a la boca del metro Universidad, y acomodo la lona, no vaya a ser que una llovizna mañanera me eche a perder la tanda.
Llegan los de siempre, con la cabeza aún en la almohada: oficinistas que piden de verde sin mirar, estudiantes que regatean minutos con la mirada perdida.
Entre bocado y bocado me cuentan que hoy habrá marcha por Insurgentes; cambio sobre la marcha mi ruta de entrega, como si la calle misma me dictara la agenda.
Me gusta que la rutina se deje moldear: si truena el cielo, improviso; si falla el metro, pedaleo más, con tal de que el primer antojo del día no se quede a medias.
Cuando el sol empieza a deshilachar las sombras de los edificios, respiro hondo y pienso que, a fuerza de repetirse, esta mañana no se gasta: se estrena.